A propósito del film Ocho apellidos vascos

Ocho tópicos vascos

Ramón Zallo (Deia)

Jueves 29 de mayo de 2014

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Los estereotipos hay que tomarlos con alegría y distancia. Cuando provienen de boca ajena se trata muchas veces de una suma de prejuicios en forma de tópicos con remoto fundamento. Y cuando son de cosecha propia puede ser un modo de organizarse la autoestima de manera defensiva.

Por eso es sano reírse de los estereotipos aunque no se toman por igual cuando uno se ríe de sí mismo que cuando otros se ríen de uno. Los vascos y las vascas casi hemos aprendido también esto último, a diferencia de aquella Junta de Andalucía -responsable de un país tenido por “gracioso”- que exigió retirar un anuncio en ETB en el que aparecía un andaluz “soso”.

El comentario viene a colación de la divertida, exitosa e irregular película Ocho apellidos vascos. Tiene menos mérito el éxito fuera de Euskal Herria porque, al fin y al cabo, se ríen de otros y el clima es distinto desde que cesaron los atentados. Por nuestra parte estábamos preparados para recibirla porque ya nos habíamos reído en esa clave con los programas de televisión Vaya Semanita de las primeras entregas de ETB. Pero ahora hemos pasado otro Rubicón porque encajamos que otros se puedan reír con y de nosotros, aunque desde un guión no ofensivo y filtrado por dos vascos, eso sí de perfil urbano, como Cobeaga y San José.

No son de extrañar ni esa mirada divertida y desdramatizada del vasco sobre sí mismo -sin dejar por ello de sacralizar ciertos valores- ni esa mirada distante sobre lo que piensan otros. Quizás sea una respuesta a esa visión feroz y torva que ha sido predominante en España durante los últimos decenios al calor de unos atentados brutales, de un periodismo mercenario, de una falta de comunicación absoluta y de unos vascos “buenos” que estigmatizaban desde Madrid a sus compatriotas, reforzando estereotipos sobre una supuesta enfermedad mental colectiva. Estamos curados de espanto.

En su día el CIS publicó un estudio titulado “Estereotipos regionales” (nº 2123 Noviembre 1994) que felizmente ya no se ha vuelto a hacer. Sin duda hay perfiles más acentuados o distintos entre unas comunidades y otras, pero estereotipar es propio o bien de los escalones más simples del saber, o bien de la chanza con sal más o menos gruesa. Es más dudoso que sea la función de los estudios sociológicos reforzar estereotipos y propiciar desencuentros. Quizás por eso dejaron de hacerlo.

En aquel estudio se comparaban opiniones en ocho comunidades. Sobre un máximo de cinco rasgos, los catalanes y vascos (los más distintos) éramos -¡qué casualidad!- los últimos en ser buena gente o en amabilidad, aunque gallegos, vascos y catalanes éramos reconocidos como amantes de nuestra tierra y trabajadores.

Como en esto de los estereotipos están presentes los complejos, los prejuicios y las envidias, los españoles comparativamente se hacían sobresalir del estereotipo general del europeo medio por ser más buena gente, alegre, abierta, amante de su tierra, amable, hospitalaria y juerguista. Como trabajadores se veían en la media -¡cómo no!- pero, en cambio, -¡ay los complejos!- se veían bastante por detrás del supuesto europeo medio en la condición de emprendedores, serios, inteligentes y responsables.

Para la mirada del español medio en esa encuesta el vasco era, textualmente, y por este orden, separatista, fuerte, bruto, violento y (algo) noble. O sea, un extraterrestre. En contraste, el andaluz era alegre, gracioso, charlatán y hospitalario. Y, por su parte, el castellano era un dechado de virtudes patrias: serio, noble, sencillo, honrado y hospitalario, tanto visto por sí mismo como por otros. ¡Para que digan luego que las ideologías de construcción (nacional) del Estado no se despliegan en la construcción de las mentalidades!

Aquel estereotipo de los 90 entre las clases populares españolas, fabricado en el combate contra los nacionalismos “insolidarios” y “primitivos”, nos hizo mucho daño. De hecho pensaban que jaleábamos colectivamente la violencia, que la infancia no iba a la escuela porque había tiros en la calle, que éramos hostiles –recordemos el autobús de la película en el que viene Rafa a Euskadi- y, dado el riesgo y no solo de tormentas, ni hablar de asomarse a visitarnos como turistas. Ahora, que sí nos visitan después de 40 años sin vernos, muchos se sorprenden de la calidad de vida, de la amabilidad o de la (pos)modernidad. Como nosotros ya lo sabíamos y podíamos vivir sin compartirlo, también nos podemos reír de la construida ignorancia ajena.

Una comedia es una comedia pero merece la pena comentar algunos acentos. Quizás lo más logrado es el Koldo de Karra Elejalde. Representa a la perfección la socarronería inteligente. Se ríe de la mirada sesgada de los otros porque él está seguro de lo que es y cómo es y ni siquiera hace el esfuerzo para convencer a otros de lo contrario. Necesitamos ese talante incluso para reírnos de la explicable estupidez del mercado que para vender la peli internacionalmente la han titulado “Spanish Affairs”.

En la película se abunda en tópicos gruesos de los que nos sentimos distantes en comportamientos colectivos. Aparecemos como xenófobos y hostiles –Rafa será bien recibido si tiene ocho apellidos- como si no se hubiera producido desde el XIX y, especialmente, en los años 60 del siglo XX, cruces familiares que hacen que sea muy dominante el mestizaje de apellidos, mucho más que en otras comunidades con fuerte identidad. Sabino Arana sigue dando juego.

Se caricaturiza una tosquedad y simpleza de mente en los “borrokillas” como un trasunto colectivo. Y eso se compadece mal con el nivel general de recursos humanos de una economía posindustrial o con lo relativamente finos que hemos sido para el emprendizaje y los negocios. No invita a conectarla con la timidez, la parquedad o la rebeldía histórica como una constante desde el XIX porque eso no tendría gracia.

En la película la cuestión de la lengua se maltrata. Se invisibiliza el idioma propio, el euskera –es una película para el mercado español – y se abusa de un mal castellano de no vascos –salvo Koldo- que hacen de vascos en busca de la gracia fácil. Se apunta la nobleza, generosidad y fiabilidad de la palabra del vasco –estereotipo más rural que urbano- aunque todos conozcamos a muchos compatriotas que se comen con patatas la palabra dada y de paso la conciencia. Se resalta la idea del empecinado, orgulloso y echado palante, con un punto de arrogancia a la bilbaína, en ese atún de 900 kilos de Koldo.

No podía faltar el estereotipo del vasco buen comedor y bebedor (la cocina fina está ausente) y reactivo al sexo (se conoce que nuestra reproducción se debe a un Espíritu Santo hiperactivo). Y nuestro tiempo de ocio lo repartimos entre jugar al frontón -el culto a la fuerza y la habilidad competitiva- y luchar por la independentzia por una pulsión comunitaria.

Todo esto los guionistas lo saben. Abundan en los tópicos y prejuicios fáciles sin más pretensión que hacer reír, unas veces con más gracia que otras. Bienvenida sea la chanza respetuosa siempre que sea ocasional, porque si no se tornará cansina o doctrinaria.

Podemos reírnos de nosotros mismos y otros con nosotros cuando no se hiera o insulte. Tengo para mí que a más confianza colectiva más distancia e impermeabilidad ante los prejuicios. En esto llevamos la delantera. ¿Aprenderán otros? Desde luego Coca-Cola ¡no!, al purgar a un actor por abertzale. Ha transformado la publicitaria sonrisa tolerante por una horrible mueca macartista. Debería disculparse.

22/05/2014


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